El pelo rubio se le pegaba al casco por la humedad. La cara, prieta contra el casco. Las almohadillas cómodas pero llenas de sudor, y el pelo parecía una mata de pelusa pegada que le daba cosquillas por toda la cabeza. Así, comprimido dentro del casco, Miguel salía de la ciudad otra vez encima de la moto para la que había pagado tanto dinero.
Bien pensado, con el poco tiempo que tenía para dedicarse a sus cosas, tener una moto que costaba más que el resto de tus cosas era el menor de sus problemas y casi, un capricho dulce.
Pero se recordaba tanto a su padre que casi podía teletransportarse a sus ocho años, montado en una moto de gran cilindrada, agarrado a su padre, acojonado perdido. Así que apretar hasta no distinguir del todo los números en el contador de velocidad solamente era un viaje hasta llegar a su padre. Así de sencillo era. Solamente apretar un poco más hasta que perdiera el control y se saliese en una cuneta. Igual que había hecho su padre, llevándose por delante a su madre. Eso le daba más rabia. Pero tampoco mucho más. Era un gesto suave, indoloro, y a cierta velocidad, el terror anestesia todo el cuerpo, así que no tienes que pensar en la muerte.
De hecho, ahora que lo pensaba bien, el cuerpo entumecido por la lluvia que caía lenta y no excesivamente pesada y casi pudiendo atravesar la carretera, le recordaba aquel momento de la moto de su padre casi como si no hubiese pasado el tiempo. Un día lluvioso en que le ofreció ir a pasear por un camino. Y después de vestirlo con ropa de montaña, porque era la época, porque iban a ir, y salir unos metros andando, su padre le enseñó lo que se había comprado.
Hacía tiempo que Miki no se creía los secretos que su padre le hacía prometer para ellos solos, pero era un secreto que se había prometido consigo mismo. Y se fiaba de su intuición. Por eso, cuando le enseñó la moto, Miki supo que aquello no dudaría mucho. Y decidió aprovechar aquello lo máximo posible. Ahora, pensado con perspectiva se daba cuenta de que era de los pocos recuerdos felices que guardaba con su padre. Empezó a apretar el ritmo, mientras corría por aquel tramo de la nacional que no tenía radares.
Por eso no le preguntó a su padre de dónde había sacado el dinero para comprarla, ni a dónde lo llevaba. Solamente pensaba que era una moto preciosa y que iba a montar con su padre. Por el tramo sin radares. Había visto los vídeos de las competiciones y sabía que no se podía competir con esta, pero le daban tanta envidia aquellos tíos que se pegaban con la moto que quería volcarse así cuando tuviera una.
La lluvia era tan pesada, en sus recuerdos, que conforme fue apretando sobre su cuerpo le pareció una gran cascada que corría por su cuerpo. La chaqueta escupía la lluvia, pero no el peso. Y el peso era tan grande que pensaba, que en cualquier momento podría hacer como esos motoristas profesionales y pegarse al suelo. Pegarse de verdad.
Cerró los ojos y los abrió mientras miraba a la carretera. Su padre tenía una moto preciosa pero no tenía dinero para la gasolina. Así que se quedaron tirados en aquella gasolinera donde casi tienen un accidente. Solo un tonto derrape, su padre queriendo demostrarle a su hijo que tenía dinero para ser como los demás. No tenía que demostrarle nada. Estúpido.
Se moría de frío en aquel recuerdo. Calado hasta los huesos, empezó a llorar en la puerta de la gasolinera porque rozó el suelo demasiado, y el cortavientos no estaba pensado para rozar el asfalto caliente, que se comió la tela con ansia, y parte de su piel haciéndole una quemadura que le escocía. Él no pudo evitarlo, no pudo evitar echarse a llorar en ese momento.
"Tenía ocho años" - se dijo. "Confiaba en mi padre aunque sabía que era un mentiroso. Y yo tenía que hacer los deberes porque mi madre me iba a echar la bronca".
Los ojos empapados en lágrimas. Su padre le dio un bofetón porque estaba nervioso. La moto no tenía gasolina y el niño tiene una quemadura. Y está lloviendo. No paraba de decir eso entre dientes. Como todas las cosas que odiaba. Como a él en ese momento. Y de repente se acordó del llavero. Del puto llavero. Un llavero metálico, tonto, de cierre de mosquetón. Tenía el dibujo de una montañita y el logo de Cepsa. El tipo le dio el llavero y le dejó coger una bolsa de golosinas mientras buscaba el botiquín.
A Miguel no le daba miedo la sangre, le daba miedo su padre, haberse caído, le daba miedo lo que pensara su madre cuando los viera. Pensaba contárselo, porque quería decirle que no confiaba en nadie. Que la culpa era de los dos. También le gustaba que se enfadaran. Le parecía divertido y le daba más tiempo para estar en la calle. Sabía que se iban a enfadar. Por el accidente. Por la lluvia.
La lluvia eran las lágrimas de todos. La lluvia eran canicas. La lluvia era su padre dando puñetazos.
No recordaba nunca qué pasaba después. Solamente recordaba al tipo de la gasolinera. Tendría unos años menos que su padre, aunque parecía más chupado. El pelo rubio, corto, le caía un poco por debajo de la gorra, como si llevase un tupé aplastado. Y unos ojos azules como el lago que aparecía debajo de la montaña del llavero. O cómo se imaginaba esas líneas haciendo zig-zag debajo de la montaña. Ahora el llavero pendía del contacto de su moto.
Miki frenó a la altura de la gasolinera. Ahora solamente quedaba el esqueleto de lo que un momento fue. Y él no había apretado el gatillo. Una parte de él pensaba que eso significaba, al menos por un momento, que era mejor que su padre. Cerró el contacto de la moto y allí sentado, se quitó el casco de la moto. La cara, húmeda del sudor y las lágrimas. La lluvia empezó a mezclar todo aquello y a llevárselo.
Se llevó un pitillo a la boca y se lo encendió dentro de la chaqueta.
Y allí, en las ruinas del único recuerdo con su padre, estuvo llorando toda la tarde, hasta que amainó y dio media vuelta, hacia casa.
martes, 29 de octubre de 2019
lunes, 28 de octubre de 2019
Cara T: ¿Podría Tasio dedicarse al pugilismo?
Las baldosas del gimnasio reflejaban su cara en todas las direcciones en las que mirase. Por eso evitó hacerlo cuando se reconoció allí. Con la cara enterrada entre los guantes, que no se había quitado después del combate, mantenía todo el calor generado por la pelea en los recovecos de una toalla minúscula. A la espera del dinero calentito, con el que pagar la calefacción y la luz, con la que tener el estómago lleno de comida caliente.
Imaginaba ese calor en su cabeza, golpeándole con fuerza en las sienes, con el fin de notar algo que no fueran pinchazos dolorosos en los costados o en la mandíbula. Pero no era capaz de cerrar los ojos, porque además del dolor que le producía eso, su cabeza lo transportaba tiempo atrás, con su entrenador apretando los puños cerrados sobre los brazos cruzados. Manifestaba el tipo de violencia de alguien que se está reprimiendo y que no dudaría, en otra situación, en escupirla como un veneno.
Tasio, con la cabeza rapada y los tatuajes mal hechos del reformatorio, era el favorito de su entrenador por ser el chico de barrio, el chico al que le estaba salvando la vida, o convirtiéndolo en algo que no fuera traficar con drogas. Y Tasio lo sabía, y sabía también que lo tenía cogido por los huevos. Que no había palabras cariñosas en sus intenciones y aspiraciones humanísticas. Que con la lástima no se podía hacer tratos. Menos cuando tienes antecedentes penales.
En el fondo, los puños cerrados con rabia y las miradas con las que recogía el dinero de sus derrotas pactadas eran una coreografía hermosa. Todo imagen, estética. Como los gimnastas olímpicos que saltaban sobre dos barras encajando las dos piernas. Su entrenador encajaba las peleas y el fingimiento para no comprometer el honor del equipo por un puñado de patrocinadores.
No quiere decir del todo que Tasio se dejase ganar, pero al parecer había llegado demasiado lejos en su categoría. Y él sí se había preguntado lo lejos que podía llegar en el boxeo, pero parecía que era la única persona en el equipo que lo había hecho. Así que, llegados a este punto, lo único que cabía esperar era que llegaran esos billetes con los que mantener el calor dentro de una casa propia.
La puerta del vestuario se abrió de repente, dejando pasar a un par de personas, entre las que no estaba su entrenador. Levantó la vista de su precioso escondite para atender a la puesta en escena. Un tipo ridículo vestido con una camisa de cuadros, marrones y negros y un tupé mal engominado que quería imitar a un fotógrafo de los años sesenta, escoltaba a un viejo decrépito que llevaba un colgante en el cuello, con su nombre y la palabra "periodista". Llevaba una grabadora de cinta en la mano y un bloc pequeño, con una estilográfica. La imagen de ambos era lamentable.
"Al menos la cámara de fotos es de este siglo"- pensó.
La cámara empezó a tomarle fotos que le deslumbraron, y él hizo el resorte de sacar del bolsillo el papel con los resultados que le había dado el entrenador, cogidos de la pantalla. El tipo lo miró con incredulidad, antes de decirle que acababan de detener a su entrenador por estafador. Él fingió algo de sorpresa para la fotografía del periódico y le habló a aquel hombre, contestando a sus preguntas, como si fuese uno de los niños perdidos de Peter Pan, de lo preocupado que estaba por no llegar a la liga profesional y no hacer feliz a su madre.
A la pregunta del títular del día siguiente, Tasio no sabría responder. Seguía helado de frío en aquel vestuario, con las manos dentro de los guantes.
Imaginaba ese calor en su cabeza, golpeándole con fuerza en las sienes, con el fin de notar algo que no fueran pinchazos dolorosos en los costados o en la mandíbula. Pero no era capaz de cerrar los ojos, porque además del dolor que le producía eso, su cabeza lo transportaba tiempo atrás, con su entrenador apretando los puños cerrados sobre los brazos cruzados. Manifestaba el tipo de violencia de alguien que se está reprimiendo y que no dudaría, en otra situación, en escupirla como un veneno.
Tasio, con la cabeza rapada y los tatuajes mal hechos del reformatorio, era el favorito de su entrenador por ser el chico de barrio, el chico al que le estaba salvando la vida, o convirtiéndolo en algo que no fuera traficar con drogas. Y Tasio lo sabía, y sabía también que lo tenía cogido por los huevos. Que no había palabras cariñosas en sus intenciones y aspiraciones humanísticas. Que con la lástima no se podía hacer tratos. Menos cuando tienes antecedentes penales.
En el fondo, los puños cerrados con rabia y las miradas con las que recogía el dinero de sus derrotas pactadas eran una coreografía hermosa. Todo imagen, estética. Como los gimnastas olímpicos que saltaban sobre dos barras encajando las dos piernas. Su entrenador encajaba las peleas y el fingimiento para no comprometer el honor del equipo por un puñado de patrocinadores.
No quiere decir del todo que Tasio se dejase ganar, pero al parecer había llegado demasiado lejos en su categoría. Y él sí se había preguntado lo lejos que podía llegar en el boxeo, pero parecía que era la única persona en el equipo que lo había hecho. Así que, llegados a este punto, lo único que cabía esperar era que llegaran esos billetes con los que mantener el calor dentro de una casa propia.
La puerta del vestuario se abrió de repente, dejando pasar a un par de personas, entre las que no estaba su entrenador. Levantó la vista de su precioso escondite para atender a la puesta en escena. Un tipo ridículo vestido con una camisa de cuadros, marrones y negros y un tupé mal engominado que quería imitar a un fotógrafo de los años sesenta, escoltaba a un viejo decrépito que llevaba un colgante en el cuello, con su nombre y la palabra "periodista". Llevaba una grabadora de cinta en la mano y un bloc pequeño, con una estilográfica. La imagen de ambos era lamentable.
"Al menos la cámara de fotos es de este siglo"- pensó.
La cámara empezó a tomarle fotos que le deslumbraron, y él hizo el resorte de sacar del bolsillo el papel con los resultados que le había dado el entrenador, cogidos de la pantalla. El tipo lo miró con incredulidad, antes de decirle que acababan de detener a su entrenador por estafador. Él fingió algo de sorpresa para la fotografía del periódico y le habló a aquel hombre, contestando a sus preguntas, como si fuese uno de los niños perdidos de Peter Pan, de lo preocupado que estaba por no llegar a la liga profesional y no hacer feliz a su madre.
A la pregunta del títular del día siguiente, Tasio no sabría responder. Seguía helado de frío en aquel vestuario, con las manos dentro de los guantes.
viernes, 31 de mayo de 2019
Amour Fou
I
Y amo lugares que nunca pisé
Y recuerdos que nunca tuve
O que palpitan lejanos
II
Y me parece un gesto adorable
Y tú sigues obsesionado con las actrices de la nouvelle vague
Y yo sigo obsesionada con actores que se van a morir
Actores franceses que nunca conoceré
Y los dos somos demasiado tímidos
Así que yo te miento, y tú me dices que estás ocupado
Y yo imagino, y tú sigues todavía en tu cine de autor
Me da igual que digas que estás viejo
Para mí has vuelto a la tierra
III
La poesía no es una puta
Solo vosotros habéis decidido su precio
martes, 14 de mayo de 2019
Do changes matter? Yes, they do
What is the sense of the commercial films if they're not real.
The bad girl will don't turn to good just for you. And not every people is ready to move on. Not all the people change, they sometimes get stuck on their things.
Some people still remember you like you were years in the past. And you can't just say "I'm not like that" anymore.
I feel like I'm behind all these people. They are sitted on the table and I'm the dog behind them, protected by itself. I'm not useful, and every time I say yes I'm probably lying. I can't even focus on what I am or feel like, so how can I really think about something you're telling to me? I'm lying to you on the face and you just smile to me.
Like you didn't care.
The bad girl will don't turn to good just for you. And not every people is ready to move on. Not all the people change, they sometimes get stuck on their things.
Some people still remember you like you were years in the past. And you can't just say "I'm not like that" anymore.
I feel like I'm behind all these people. They are sitted on the table and I'm the dog behind them, protected by itself. I'm not useful, and every time I say yes I'm probably lying. I can't even focus on what I am or feel like, so how can I really think about something you're telling to me? I'm lying to you on the face and you just smile to me.
Like you didn't care.
I want change, I feel that sensation inside of me. I'm stucked here, I look with anger and loneliness, but on the inside I know I want that change on me. I suppose that in real life, people who change isn't lying. But the point is that they don't tell you. And you only see them changing.
I know lately I've been changing, and I can assume that. I just want to complete that changes on me, make them real.
I just want to stop feeling like in a commercial film. Where nothing is real, but the feelings, oh man, you feel them as yours. I want to someone saying me again "At the start I thought you were boring, but I saw you changing, and you're so different since I met you". Then I could add "and I'm better".
It's all about being better person. Nor even bad or good, just better than you are right now. Change is passing the filter of the real life.
(Written in 2019)
I know lately I've been changing, and I can assume that. I just want to complete that changes on me, make them real.
I just want to stop feeling like in a commercial film. Where nothing is real, but the feelings, oh man, you feel them as yours. I want to someone saying me again "At the start I thought you were boring, but I saw you changing, and you're so different since I met you". Then I could add "and I'm better".
It's all about being better person. Nor even bad or good, just better than you are right now. Change is passing the filter of the real life.
(Written in 2019)
viernes, 23 de marzo de 2018
03. Fanfic de tu libro favorito con los personajes como animales
Osos y lobos arrastraban cuerdas que les quemaban la piel.
El calor de las máquinas les había quemado el pelo convirtiendo su cuerpo en
una masa de carne enferma. Llevaban el uniforme de la fábrica, unas gorras con
las que el sudor se les les pegaba a las heridas producidas por las grietas,
los accidentes laborales sin cubrir, y otros inconvenientes de último momento.
Después todos, o casi todos, irían a los
pubs nocturnos a beber un par de cervezas. Ollie, un pastor alemán, acababa de
ser padre, y aunque no tenía del todo claro si podría mantener a sus
cachorritos, tenía los nervios tan jodidos que como montara una sola lavadora
más, pensaba suicidarse metiéndose en ella y dándole a girar.
Dentro de los que trabajaban en la planta de ensamblaje de
piezas había varios grupos, como en todos lados. A los perros no podías
meterlos con los gatos, ni con pájaros, ni con los osos.
En el grupo de Ollie había además varios tipos de perros: un
beagle, Miles, un cocker americano, Alan, un pastor alemán, Mike, y un corgi
galés, Ed.
A Miles lo tenían rellenando albaranes y gestionando la
oficina, hijo del encargado y no muy hablador y fumador en exceso, al que le gustaba
jugar al cricket. Alan, trabajando en tornos codo con codo con Ollie, tenia el
pelo precioso pero tan largo que tenía que llevar uno de esos gorros de cocina
de los comedores. El pastor alemán se dedicaba a la seguridad y sobre todo, a
estar de mal humor y leer el periódico y sentirse desdichado por tener una
familia a la que alimentar. Y le picaba el uniforme, así que siempre estaba
rascándose de mala manera. Ed llevaba carretillas y era el chico de los
recados. Bastante joven, acababa de dejar la escuela (y casi de alimentarse de
su madre).
También había un par de lobos que se juntaban porque era lo
más similar a su especie que podían encontrar por allí. Eran hermanos. Fred y
Alexander, o Alex, para los amigos. Los dos eran ejemplos de las carencias de
pelo que se destilaban por allí y Fred, directamente, tenía una gran herida
debajo del ojo ciego. Una pistola de grapas y muy mala hostia, para resumir.
En los descansos, jugaban a los dados y al Seven Up y los fines de semana, salían
por los pubs a beber cerveza y a olvidar que estaban casados, o a intentar
llegar al matrimonio. Las mujeres burguesas ni se les acercaban, pero se
paseaban por allí vestidas de pieles de zorro y con perfumes y pendientes
caros. Las de su clase, eran muy bordes o ya estaban casadas. Y entretanto,
habían agotado sus capacidades para poder tener una conversación de más de dos
palabras con una hembra. Estaban tan cansados llegado el viernes, y al mismo
tiempo, tan llenos de adrenalina y cerveza, que parecían los trenes de
mercancías que pasaban por las ventanas sucias de la fábrica. A veces llevaban
lavadoras y otras veces soldados, como si fueran vagones de ganado, que
saludaban a todo ser humano que se movía.
Como contaba, Ollie acababa de tener un crío hacía poco.
Todavía era demasiado joven para tenerlo y ni siquiera estaba seguro de poder
mantenerlo. Su esposa, trabajadora de una tratadora de telas, tenía la
sensación de que era la única cosa que podrían hacer en la vida que les hiciera
felices, pese a que cuando llegara a los dieciséis años tuviera poco donde
elegir. De hecho, con la maternidad de ella, que no podría volver a
incorporarse a su puesto, ni siquiera podría elegir nada.
Eso había creado en su hogar una rutina muy concreta,
consistente en dar vueltas por la cama y tener pesadillas en las que tenía que
pagar facturas que estaban en la cocina, que estaban en la cocina de verdad.
Imaginaba que se moría, y dudaba de si era mejor no conseguir dormir en toda la
noche, o alargar sus pesadillas diarias. En dirección a la fábrica, el olor de
la grasa, el carbón y el pan de un horno de leña cercano, lo volvían a
despertar y a sentir el uniforme de trabajo sobre el pelo y las patas. Y aunque
seguía sintiéndose desdichado, pensaba en que pronto se acabaría la guerra, en
que tenía una esposa preciosa y en que tendría un momento para poder beber
cerveza con sus mejores amigos. Tener un hijo, además, le llenaba de orgullo y
de unas ganas de vivir que no había tenido desde hacía muchos años.
Aquel día, el supervisor de la planta le dio una paga extra
y una palmadita en la espalda. El día transcurrió con un par de incidentes; los
viernes la gente solía estar quemada por la semana, y más cuando les habían
subido las cuotas para el próximo mes. Los ricachones de las urbanizaciones
deseaban tener lavadoras nuevas, y cuando no, tenían que fabricar piezas para
rifles de asalto que seguramente habían pagado los tipos de las lavadoras. Un
tío que trabajaba a su lado se hizo un corte bastante importante en la palma de
la mano y un par de panolis se pusieron a discutir en la hora de la comida. A
algunos les gustaba más que a otros llevar armas al frente. Y los perros no se
llevan muy bien con los gatos tampoco.
-
¿Por qué tenemos que seguir construyendo piezas?
¿Es que no hay suficientes armas en el frente ya? ¿Qué le voy a decir a mis
hijos cuando sean mayores? ¿Trabajé haciendo las armas que matarían a tu
familia?
-
Mira chucho, nosotros no matamos a la gente. No
fabricamos armas porque nos guste, sino porque necesitamos dar de comer a
nuestra familia, y todo el mundo lo sabe. Lo sabrán antes o después. Además,
estos tíos están luchando por nuestro país y deberías estar agradecido.
-
Agradecido, sí, agradecido. Pero en qué coño nos
hemos convertido ahora. El eje de la civilización es Inglaterra. Me río sobre
todo esto. Esa gente no quiere combatir. No saben combatir.
-
Pues aprenden. Y nosotros tenemos que serles
útiles. Tenemos que demostrar que estamos ahí para ellos. ¡Somos la fuerza de
Inglaterra! – dijo el gato, agitando su hombro musculoso, con los ojos
brillándole con emoción.
-
¿Sí? ¿A cuántos de tu familia han mandado al
frente, Billy?
-
Veamos…Macy, John, a mi hermano, mis dos primos,
un sobrino. Yo no podía ir porque tengo las patas demasiado planas.
-
¿Y a cuántos de los tíos para los que fabrican
han mandado al frente?¿Sabes cuánto importa que se muera tu familia? ¿Quieres
que te lo diga?
-
No hables así de mi familia, no, eso no te lo
tolero.
-
Cuando tu hermano esté desangrándose en una
trinchera, como un estúpido, podrás sentirte glorificado por Inglaterra, hasta
que te des cuenta de que no lo vas a ver nunca.
Cabe decir que esta discusión
acabó a mordiscos entre los dos. Pero el gato entendió bastantes cosas, porque
enseguida dejó de mirar con los ojitos brillantes al encargado de planta y
empezó a perder la mirada, como haces siempre que llevas trabajando un tiempo
prolongado debajo de una máquina de ensamblaje.
Con la emergencia de los trabajos
para el frente, ese día estuvieron trabajando hasta las seis. Para entonces se
habían racionado los cigarrillos para las pausas y habían perdido toda la
calderilla posible jugando al Seven Up
entre horas, y apostando al fútbol que sonaba por la radio en un cacharro que
se paraba a cada tanto. Las chinas y trocitos de carbón se les clavaban en la
carne, como perros enfermos y a las seis, cuando las jovencitas empezaban a
salir y empezaba a refrescar, salieron para celebrar el nacimiento del niño a
un pub del centro, que servía buenas raciones de comida y algo de música.
Algunos de aquellos hombres bebían black and tan’s, otros pintas de cerveza
negra, los más valientes habían pasado al destilado directamente. Alan, el
perro con el pelo bonito, ya había atraído a unas cuantas muchachas, pero
estaba tan agarrotado que se abrazaba a su cerveza como si aquel vaso con
curvas fuese el único cuerpo que iba a tocar esa noche.
-
Eh, Miles, buen tanto de tu padre al pagarle a
Ollie las birras, ¿eh?
Miles estaba pasando unas jugadas
de cricket en una servilleta con un pitillo en la boca. Sonrió y arqueó las
cejas, y automáticamente dejó de escribir.
-
¿Tú crees que has sido mi padre, no?
-
¿Poder de convicción de hijo primogénito?
-
Quería escupirle en la mano, pero le he
recordado que él también fue padre alguna vez en su vida. Y por alguna razón lo
he convencido para que le dieras de comer a tu chaval.
-
Bloody
bastard!
Ambos perros empezaron a reír.
Alan se abrió paso por la mesa y juntó las cabezas de sus compañeros.
-
Bueno, camaradas, parece que me esperan dos
chicas de lo más agradables, ¡hagan sus apuestas!
-
Yo digo que no vuelves a comerte un rosco en lo
que te queda de adolescencia -- dijo Mike, que pasaba un gran periódico delante
de él. Era de los que habían pedido whisky. Gozaba de una imagen de padre
soltero, a pesar de que estuviese recién casado.
-
Por lo menos volverá a comerse un rosco. ¿Cuánto
hace que no vas con tu señora a buscar algo que sea un bebé? – Alex, uno de los
lobos. Las mujeres no se le acercaban por resultarle demasiado baboso. Unos
dientes demasiado grandes.
-
Si no pueden servirme de mano de obra no los
necesito ahora mismo. Tengo un estatus que mantener – mantuvo, en una mezcla
entre seriedad y sarcasmo.
Alan volvió en búsqueda de la
atención para la que había venido, se recogió un poco el pelo, terminó su black-and-tan y se levantó de la mesa
como si le acabasen de patear el pecho y necesitase venganza. Lo único que
necesitaba era un poco de marcha.
-
-
jueves, 7 de diciembre de 2017
reflexiones de 2017 ?)
Dejaron las huellas en la nieve. Hoy me levanté y ya no
estaban. No hay ningún alud. Me siento frente al espejo y no tengo mucho que
decir.
Que dentro de poco es mi cumpleaños, que hoy han muerto cien civiles,
que llevo una semana sin hablar con mis padres, que hace mucho frío.
Ya
sabíamos que había nevado, tenemos el pelo mojado, muchas gracias.
Las cosas
siguen su curso, el pintor de la Rúa con un cuadro que siempre se repite o morirse
de sueño.
El templo de Palmira que se destruyó por la guerra. Las cosas siguen
su curso pero nunca pasa nada.
Un
catarro, un sistema enfermo, civiles muertos, prensa sensacionalista y un
silencio que dura.
Lo que dura la nieve.
Siempre vuelve al año siguiente.
viernes, 30 de diciembre de 2016
farolas a punto de fundirse
Unos enormes ojos cuelgan como si fuesen farolas a punto de fundirse
los brazos de la cobardía los acunan mientras les susurran que estoy corriendo en círculos
la ciudad se apaga y algunas luces terminan por fundirse y los nervios más rojos se enroscan aún
a algunas farolas
el frío de invierno me provoca intensas fiebres
pero no hay escapatoria
todas las luces se han apagado y lo que queda de ellas es pasto de la compasión:
patea el cartón de un mendigo después de haberle echado una moneda
sábado, 17 de diciembre de 2016
Maldita Gloria (2016)
Había un hombre sentado en una silla de madera roída, en un motel de carretera, kilómetros antes de la entrada a la urbe que despedía centelleantes luces por todas partes.
El tema de la primera imagen no variaba demasiado en relación con la que la propia ciudad (o segunda imagen) atrapada por la noche, mostraba de sí misma; como un cuadro surrealista de cualquier pintor poco reconocido. En ambos casos el ambiente se cargaba de tanta tensión, de tanto humo y de tanta violencia que era peligrosa la idea de respirarlo y uno solo podía dedicarse a mirar.
El hombre, que a cada mínimo movimiento sobre la silla dejaba tras de sí un quejido del mueble, sostenía en sus manos a su perdición, hecha jirones sobre sus manos y la masajeaba reconociendo con el tacto de qué material estaba hecha, sintiendo que no era solo su perdición, sino que también era la causante de todos aquellos recuerdos, salteados, que bailaban en sueños sobre su subconsciente, como un teatro de marionetas macabras, pisando charquitos de sangre por todo un escenario de madera blanca.
Aquellos sueños no eran más que un popurrí de hechos que podrían haber o no acontecido, pero que al ser tan repetitivos y reales, en ese estado no le habían permitido en el momento de soñarlos, saber si de verdad habían acontecido o si simplemente estaba comenzando a delirar, encerrado en su habitación maloliente de motel.
Su cuerpo arrugado y cuyas imágenes de tinta también lo hacían, a consecuencia de sus músculos gastados, se levantaron de aquella suya dejando la perdición en la silla, al mismo tiempo que dirigían a aquel hombre a pasear en direcciones opuestas que se solapaban, por toda la estancia, todo ello con unos dedos que no dejaban de masajear sus pupilas cerradas (con intención inútil de notar menos pesados aquellos globos oculares) y que también masajearon más tarde sus sienes. El hombre pensaba cabizbajo acerca del por qué de la rotura de su perdición, esperando una respuesta de una fuerza divina sabía no existía, ni para él ni para nadie; esperaba que le dijera que la culpabilidad no le podía durar eternamente. Se sorprendió a sí mismo hablando consigo y diciéndose "la culpabilidad no puede durar eternamente".
Después de dar tumbos por una habitación de veinticinco metros cuadrados y muebles carcomidos por cualquier clase de insecto, cogió el cuchillo, que descansaba sobre uno de esos muebles desvencijados y sin ni siquiera echarle un vistazo lo lanzó con fuerza a la diana de la pared, dando de lleno en el blanco y sintiendo la furia de no haber obrado correctamente.
Menos aún sobre la fotografía de su boda.
El blanco era concretamente, el corazón de la mujer que le había prometido amor eterno hasta que la muerte los separase, y cuyo corazón se había ahogado bajo una cuerda del mismo material que la que reposaba sobre la silla, deshilachada; la misma que le hacía preguntarse a sí mismo por qué el había sido incapaz de reunirse con ella minutos más tarde, en el día de su cumpleaños.
El tema de la primera imagen no variaba demasiado en relación con la que la propia ciudad (o segunda imagen) atrapada por la noche, mostraba de sí misma; como un cuadro surrealista de cualquier pintor poco reconocido. En ambos casos el ambiente se cargaba de tanta tensión, de tanto humo y de tanta violencia que era peligrosa la idea de respirarlo y uno solo podía dedicarse a mirar.
El hombre, que a cada mínimo movimiento sobre la silla dejaba tras de sí un quejido del mueble, sostenía en sus manos a su perdición, hecha jirones sobre sus manos y la masajeaba reconociendo con el tacto de qué material estaba hecha, sintiendo que no era solo su perdición, sino que también era la causante de todos aquellos recuerdos, salteados, que bailaban en sueños sobre su subconsciente, como un teatro de marionetas macabras, pisando charquitos de sangre por todo un escenario de madera blanca.
Aquellos sueños no eran más que un popurrí de hechos que podrían haber o no acontecido, pero que al ser tan repetitivos y reales, en ese estado no le habían permitido en el momento de soñarlos, saber si de verdad habían acontecido o si simplemente estaba comenzando a delirar, encerrado en su habitación maloliente de motel.
Su cuerpo arrugado y cuyas imágenes de tinta también lo hacían, a consecuencia de sus músculos gastados, se levantaron de aquella suya dejando la perdición en la silla, al mismo tiempo que dirigían a aquel hombre a pasear en direcciones opuestas que se solapaban, por toda la estancia, todo ello con unos dedos que no dejaban de masajear sus pupilas cerradas (con intención inútil de notar menos pesados aquellos globos oculares) y que también masajearon más tarde sus sienes. El hombre pensaba cabizbajo acerca del por qué de la rotura de su perdición, esperando una respuesta de una fuerza divina sabía no existía, ni para él ni para nadie; esperaba que le dijera que la culpabilidad no le podía durar eternamente. Se sorprendió a sí mismo hablando consigo y diciéndose "la culpabilidad no puede durar eternamente".
Después de dar tumbos por una habitación de veinticinco metros cuadrados y muebles carcomidos por cualquier clase de insecto, cogió el cuchillo, que descansaba sobre uno de esos muebles desvencijados y sin ni siquiera echarle un vistazo lo lanzó con fuerza a la diana de la pared, dando de lleno en el blanco y sintiendo la furia de no haber obrado correctamente.
Menos aún sobre la fotografía de su boda.
El blanco era concretamente, el corazón de la mujer que le había prometido amor eterno hasta que la muerte los separase, y cuyo corazón se había ahogado bajo una cuerda del mismo material que la que reposaba sobre la silla, deshilachada; la misma que le hacía preguntarse a sí mismo por qué el había sido incapaz de reunirse con ella minutos más tarde, en el día de su cumpleaños.
viernes, 2 de diciembre de 2016
5/16
Hay un hombre en una de esas azoteas valencianas sin tejas. Es tarde, aunque, al estar en el centro de la ciudad la oscuridad dentro de una casa tan sólo es posible con las persianas cerradas a cal y canto, por culpa de la contaminación lumínica. Va en calzoncillos y en camiseta de tirantes. Probablemente, si el insomnio fuese algún traje o prenda de vestir, también lo llevaría encima, aunque ahora es un mero accesorio, muy discretamente escondido dentro del hombre. Aún hay más, claro. Está la fotografía que no sale nunca porque la oscuridad no es partidaria de las ciudades grandes. Teóricamente esta está dormida, pero en realidad, ni siquiera tiene un ápice de sueño. La noche no es joven, pero tampoco está muerta y vive con mucha o demasiada tranquilidad.
Quizá espere a morir. Arctic Monkeys suena de fondo, con los coches, que no cesan su carrera acompasándose con la música, aunque conforme pasen las horas el tráfico aminore y por un momento incluso llegue a poder pararse también el tiempo. La noche es el fenómeno de la eternidad mortal, o el fenómeno mortal de la eternidad que se acentúa en un amanecer muy tardío como el de verano y el insomnio, de nuevo. Las musas existen. A las tres de la mañana existen hasta los dioses más paganos. Todos con copas de más, todos seguros de que la noche como tal no existe, de que es una noche para sobrevivir o dejar que se pierda en la asfixia de una rutina que te has inventado para evitar el hecho de que no estás viviendo
Quizá espere a morir. Arctic Monkeys suena de fondo, con los coches, que no cesan su carrera acompasándose con la música, aunque conforme pasen las horas el tráfico aminore y por un momento incluso llegue a poder pararse también el tiempo. La noche es el fenómeno de la eternidad mortal, o el fenómeno mortal de la eternidad que se acentúa en un amanecer muy tardío como el de verano y el insomnio, de nuevo. Las musas existen. A las tres de la mañana existen hasta los dioses más paganos. Todos con copas de más, todos seguros de que la noche como tal no existe, de que es una noche para sobrevivir o dejar que se pierda en la asfixia de una rutina que te has inventado para evitar el hecho de que no estás viviendo
miércoles, 19 de octubre de 2016
ingmar bergman. llevamos cuatro días debajo de una capota gris como si fuese una capa que corta el viento y que en realidad lo único que hace es limitarnos más agobiarnos más meternos más en la sensación de estar tristes pero al mismo tiempo es agradable, la humedad del ambiente y las calles mojadas, los charcos entre las piedras que hace que se te cuele la suela de goma dentro. Aitor habla del patronímico de Béjar con un cigarro en la mano. se parece a un cuadro de Friedrich. es el caminante sobre el mar de nubes que se agarra un poco más a la nostalgia. con el pelo mucho más moreno y con más voz. si el caminante tuviera una voz sería más grave y con menos risa. ayer chispeaba un poco pero él caminaba bajo la lluvia. había tierra mojada por el suelo en otra calle paralela mezclado con paja y rodeado por vallas metálicas enormes. me he asomado por la ventana y vuelvo a ver el patio de notthingam en los cuarenta. está lleno de palomas y el ambiente que ya es húmedo de por sí lo parece aún más, y el olor parece disfrazarse otra vez detrás del cielo gris que da una luz brillante y muy fría. el tendedero sigue ahí, no lo guarda nadie, y sueño con que haya unas escaleritas para salir a ese patio, aunque me gustaría saber dónde están. la cabeza tranquila y ocupada. el expolio sigue acelerándome el pulso cuando lo pienso porque es un debate que no se puede ganar pero existe.
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