miércoles, 29 de septiembre de 2021

Hilo de tripa #HistoriasdelaHistoria


Justo después, nos miramos por última vez. O por primera. No lo sé.

Habían pasado años desde la última vez. Ya no estábamos desesperados como el momento en que nos conocimos, muchos años antes. No nos recordábamos de la misma manera. Habíamos cambiado mucho. Primero, porque yo me había unido a una guerrilla organizada por todos los vecinos del pueblo que querían acabar por su cuenta con los soldados alemanes que habían venido para ayudar a los franquistas. Unos tipos armados llenos de medallitas que nos quemaban las cosechas después de acabar con todo el pueblo cavando una zanja en el suelo. Ella se había unido al equipo de enfermería por obligación de su padre, para aprovechar su buena mano con el hilo y las agujas. A las mujeres del pueblo no las habían educado en la pelea, pero estaban lo suficientemente cansadas de pasar hambre y calamidades como para no plantearse hacer todo lo posible por mantener sus logros. Sus casas. Su trabajo. Sus vidas.

Incluso las había que al final acababan con un fusil en la mano, aunque no hubiesen utilizado uno en su vida antes. Liberaron a las familias de un desastre que nunca eligieron. Ella era de las libertarias, según se denominaban entre sí. Lideraba la organización de la enfermería y mandaba al frente a todas las mujeres que se ofrecían y que podía meter en los batallones. No descansaba. Nunca. Daba vueltas por todos lados, con las agujas en la mano, cosiendo a los heridos piel y medallas, haciendo remiendos para mantas, símbolos. Me decía que simplemente se las habían apañado. Y apañándose nos habían salvado a todos.


Era así de cierto. Por muchas ganas que tuviésemos de salvarnos a todos, de salvarlas a ellas, de salvarlo todo, aquel grupo de soldados nos ganaba en demasiadas cosas. Tenían armas de verdad, equipo de verdad, jefes de verdad, comida de verdad. A su lado nosotros éramos simplemente sombras de soldados con muchas ganas de pelear. Siempre empeñados en demostrar a todo el mundo que teníamos la capacidad de combatir contra los fuertes, incluso en minoría, incluso en la debilidad.  Las mujeres demostraron no sólo tener la fuerza que a nosotros nos faltaba, sino las agallas y los medios para sofocar a las tropas. Nunca tuvimos demasiado tiempo para hablar de nosotros cuando terminó todo aquello. Veníamos de un pueblo pequeño, pero la labor era demasiado grande para mantenernos ocupados en cosas que más tarde tendríamos que echar de menos inevitablemente. 


No íbamos a echar de menos la guerra, fue en lo único que coincidimos del todo cuando volvimos a encontrarnos. Quizá sí los gritos de júbilo de las personas que por una vez en la vida se sentían del todo liberadas de sus jefes y patrones, pero en general se parecían más a los gritos desgarradores de una bala que se aloja en un sitio complicado.


Me contó que por las noches, cuando conseguía pegar ojo, los gritos de esa gente le atacaban pidiéndole que los cosieran a su boca.

- Tenían la boca llena de sangre y yo no sabía cómo detenerlo. Era una hemorragia de esas que sabes que no puedes curar, una herida tan profunda la de quedarse sin voz al morir que me atormentaba y me echaba la culpa de que no pudiese hacer algo más. Pero yo no sabía qué más hacer.


Nunca me quedo del todo tranquilo sabiendo que he terminado viviendo mientras muchos otros se llenaron la boca con la tierra que estuvieron trabajando toda su vida. Que además tuvieron que defenderse de quienes solamente buscaban su temor y sumisión. Ahora tampoco nos queda nada a los que nacimos en esta tierra y busco por todos los medios volver a sentir algo como lo de aquella primavera. Simplemente por tener algo que no esté sucio de todo lo que hemos tenido que pasar.


La última vez que la vi intenté refugiarme en lo que creía que era un recuerdo de un pueblo en paz. En el momento del beso sentí cómo volvían otra vez las balas a las fachadas y los cuerpos de los niños al suelo, y tratando de huir  no sólo de aquella sensación, sino del recuerdo, del pueblo y de la tierra, me fui tan lejos que al recuperarme, me di cuenta de que ya no podía volver, y que era demasiado tarde para buscar el amor donde abunda tanta necesidad de pan. No nos llenamos el espíritu, pedimos perdón por tener que sufrir todo aquello siendo tan jóvenes y sentimos compasión el uno por el otro.


Y no supe reconocer si era la primera vez que la veía o la última, pero en cualquier caso, tampoco importaba demasiado. Nos unían ya demasiadas cosas. Demasiado hilo de tripa cosido para las balas y las puñaladas.

 

Propuesta de Inés Villodre para el concurso de relato de Zenda "Historias de la Historia".

martes, 10 de agosto de 2021

Un espacio frontera

 campo semántico: Bosque, pinar, frutos, Invernal, nevado, congelado, macabro, sombrío, horrorizante, temible, templado, cálido…

Se deslizó de la cama y del aroma cálido y penetrante del humo en el momento en el que el sol tocaba justo el borde del horizonte. Jaime tenía trabajo. Era un hombre metódico, así que primero corrió a embutirse en la ropa tendida en la barandilla del porche. Tenía la sensación, en verano, de que aquel pinar que podía congelar el espacio y el tiempo se transformaba en un horno caliente y listo para hornear pan. Por eso, cuando salió al exterior y vio su ropa convertida en placas de lija, sonrió al recordar aquellos cambios recientes en la factura de la luz, pensando en un mundo de magia, el suyo, que estaba rodeado de recodos sombríos y calderas naturales.

Convertido en el hombre del fuego, un poco distinto a las películas americanas pero muy parecido a los dibujos animados, sacó los prismáticos y los planos del cajón de herramientas que tenía en el porche, un torreón en la más alta torre rodeado de bosque a su alrededor.

Miró por la anidada y trató de ubicar las columnas de humo, que se veían lejanas y macabras, como sombras chinescas tratando de describir a los villanos de una historia fantástica. Volvió a mirar por los prismáticos mientras trataba de describir la posible ruta de extinción en el mapa y accedió al interior de la garita, encendiendo la radio. Era el segundo que se levantaba y el último que se dormía, y era lo más parecido a escuchar a un locutor hablando en un programa especializado sobre botánica y árboles frutales.

La época invernal se quedaba atrás, al paso en el que las ramas heladas y el suelo nevado se deshacían con la forma salvaje de transicionar de la naturaleza, dejando a su paso ramas caídas y animales atrapados. Todo aquello, convertido en un pasto seco que ahora estaba allí, a sus pies. El sol empezó a levantarse del horizonte y poco a poco, la oscuridad en la que flotaba su hogar empezó a dar paso al día. Y con él, llegaron los incendios.

 


 

*ejercicio de espacios-frontera del curso de Doméstika de Cristina López Barrio


sábado, 7 de agosto de 2021

Un objeto

 Es fácil pensar en la época estival como una época de paseo en bicicleta. Quizá no puedes acceder a ella, pero te tumbarás en el sofá a dormir acompañado de la Vuelta Ciclista. Me gusta pensar en esos ancianos que veo todas las mañanas en mi pueblo, con sus bicicletas de ruedas delgadas, corriendo por el pavimento caliente del verano, agarrada la caja de frutas al asiento trasero, sujeta con unos pulpitos o unas bridas. Lleva el pan y la compra de la tienda. Yo lo hago a veces con las medicinas. Vuelvo a coger la bicicleta de los frenos duros y la luz en dinamo que hace ruido al encenderse. Cincuenta años más tarde de la primera vez que se utilizó, pienso en cómo sería el momento en el que mi abuela la recibió el día de su boda, que hoy está aquí, rodando por el pavimento que fue entonces tierra, del color oxidado, que entonces fue verde, todavía en mis manos, que fueron las de mi abuela, paseando en bicicleta.

 


 

viernes, 11 de junio de 2021

¿Olvidar?

 A veces olvido no pulsar esa carpeta de fotos cuando estoy en el ordenador. Lo olvido varias veces, logrando así que me lleve al lugar en el que estuvimos un verano antes de que te fueras. En aquel momento, llevabas sombrero y estabas más delgada de lo normal, pero sonreías mucho. Siempre lo hacías. He vivido tu vida a través de un cristal, como en un sueño. Ese sueño era tuyo y de todo el mundo. Lo cumpliste, al menos, durante unos instantes de vida. Jamás lograste ser bibliotecaria, pero a veces, olvido guardar pequeños objetos que me diste y que aparecen por casa; un marcapáginas, un libro. Pienso entonces que cumpliste el sueño de crear cosas para todos nosotros. De habitar el mundo todo el tiempo. Olvido no recordarlo.

 Propuesta de relato #SueñosdeGloria de Zenda Libros 




martes, 6 de abril de 2021

El tiempo, circular, que nos ha unido

 El tacto a través del cristal

o de tus manos

Limpia la mente que sabe de todo un círculo

Nunca termina esta tonta sensación

Las emociones bajando en cascada por mis manos

O tus ojos, azules,

 tu boca, amplia.

 Hay días como hoy que levanto como un gato aplastado

en los que lo único que me confirma que estoy con vida

 es ver mi sombra

y entre la cafeína y la teína que no tomé, y con todos mis referentes lejos

suspiro con profundidad

puedo ver efectivamente mi yo con los demás desplegado de mí misma

como un ave

batiendo las alas, girando en círculos, buscando la carroña que abandona mi silencio

donde una broma planeada me parece algo normal.

Después de la quietud viene la tormenta 

y yo, mareada en un barco pecera

veo las olas llevarse la vida que me lleva.

 


 


 


viernes, 19 de marzo de 2021

Ojos verdes y redondos como los gatos

 Desperté aterrada porque no escuché los gallos

Ni los grillos, ni los ladridos de los perros

Hay una senda oscura que une a la noche y a la rutina

La única luz, una lámpara en forma de pingüino

Que ya no titila

Y escurren unos guantes una bayeta húmeda

Y discurren unos ojos por la verdura de la menta

Todos cuidan de un vacío que debería rellenarse

Yo misma, visualizo un cacareo imaginado

La costra auditiva de la infancia 

Imagina una higuera, una parra, un gallo

 

 



lunes, 1 de febrero de 2021

Cefalea

 Anuncian nueva cepa de covid en Reino Unido

escucho la Zowi a las cuatro de la mañana

A falta de entregar un trabajo antes de las diez

solo tengo ganas de llorar y llorar

hoy por hoy, cualquier deseo es un privilegio

lo único que parece funcionar es 

querer estar vivo 

 

Como decía aquella película

el mundo es como nosotros lo hacemos

Escuchar a Elton John, beber tila, teñirse el pelo

Así como no encuentro el injusto afecto

hay una madriguera de cafeína y palabras

Y un pequeño lugar en mi pecho, entre órganos que palpitan

donde la nueva borrasca no llegará nunca

donde nunca llueve. 










martes, 1 de diciembre de 2020

mayo de 2020

la noche huele a sándalo
mi ropa, a cerveza tirada encima, a cenicero
voy con el corazón roto sintiéndome importante
como si no fuera más que sentimientos horribles
la ropa se mueve de una silla a otra
tengo un agujero en el estómago
hambre y tristeza
pienso en acordeones y en sevdah
pienso en beber, me emborracho
me siento triste, me duermo
dejo el incienso prendido
la noche huele a sándalo al menos




martes, 17 de noviembre de 2020

Ciudad muerta

Esta ciudad muerta es como un rompecabezas. Levantar la cabeza abre recodos, rascacielos creados en desniveles que desembocan en puntos muertos. Escaleras que no llevan a ningún sitio. Arriba o abajo. Esta sensación es aún más evidente cuando es de noche y llueve. Las luces iluminan todo lo que se utiliza o se habita, y la oscuridad todo lo que existe pero es de paso. Los edificios conviven con casas viejas y comentarios sobre la crisis. El ladrillo mojado por la lluvia y los carteles de los negocios de barrio que sobreviven, pintados a mano o en cristal. Aún aquí los lugares se llaman con nombres propios y los kioskos pueden ser mercerías. Las pintadas de las paredes son como una hiedra espesa en las fachadas y el abandono es tan familiar que no es extraño encontrar todo tipo de objetos en repisas, escalones, portales, bordillos o parterres, llenos de colillas. 
La ciudad muerta no busca ser perfecta, y en su herida de muerte reside la poesía que los forasteros ven en ella. El romance de no conocer su pasado, ni permanecer lo suficiente para su futuro. La poesía de un presente subjetivo, que pervive por eso mismo. Porque la realidad es que esta ciudad herida ha sido herida de muerte, y lo que la hirió en el pasado ha buscado otra forma de sobrevivir. Esta ciudad es un cadáver que espera a su propia descomposición. Tardará generaciones en empezar a oler, y para entonces, los que vivan en ella morirán con ella. 
 
 

 

viernes, 16 de octubre de 2020

Por eso yo, hija, recuerdo

 Pasando la casita de vigía hay un camino descendente de tierra, con un viñedo a la izquierda y un campo de centeno sembrado a la derecha. Por encima del centeno dorado se estrelló, en 1992, un Mirage F1 Ala 14, con el resultado de un muerto, no se sabe si en esta viña, o en el sembrado. Los vecinos salvaron un piloto, el otro murió fatídicamente. La madre de tu tía recuerda la sensación de un terremoto; cómo las vigas de madera temblaban bajo el tejado. Yo estudiaba con las monjas en una de las escuelas esparcidas por el pueblo. Era pelirrojo, mis amigos me comparaban con Tintín. Cuarenta años después, pusieron una gran bandera y una condecoración. Nadie se acuerda de lo que pasó porque el suelo mullido esconde el rastro del pasado. Por eso yo, hija, recuerdo.