miércoles, 19 de octubre de 2016
ingmar bergman. llevamos cuatro días debajo de una capota gris como si fuese una capa que corta el viento y que en realidad lo único que hace es limitarnos más agobiarnos más meternos más en la sensación de estar tristes pero al mismo tiempo es agradable, la humedad del ambiente y las calles mojadas, los charcos entre las piedras que hace que se te cuele la suela de goma dentro. Aitor habla del patronímico de Béjar con un cigarro en la mano. se parece a un cuadro de Friedrich. es el caminante sobre el mar de nubes que se agarra un poco más a la nostalgia. con el pelo mucho más moreno y con más voz. si el caminante tuviera una voz sería más grave y con menos risa. ayer chispeaba un poco pero él caminaba bajo la lluvia. había tierra mojada por el suelo en otra calle paralela mezclado con paja y rodeado por vallas metálicas enormes. me he asomado por la ventana y vuelvo a ver el patio de notthingam en los cuarenta. está lleno de palomas y el ambiente que ya es húmedo de por sí lo parece aún más, y el olor parece disfrazarse otra vez detrás del cielo gris que da una luz brillante y muy fría. el tendedero sigue ahí, no lo guarda nadie, y sueño con que haya unas escaleritas para salir a ese patio, aunque me gustaría saber dónde están. la cabeza tranquila y ocupada. el expolio sigue acelerándome el pulso cuando lo pienso porque es un debate que no se puede ganar pero existe.
domingo, 1 de mayo de 2016
A mi madre (reivindicación de una hermosura) y mi propia madre
A mi madre
(reivindicación de una hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)»
“Poemas del manicomio de Mondragón” 1987 - Leopoldo María Panero
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| Gustav Klimt. Death and life. 1908-1916 |
A mi propia madre
Tienes una estrella en la frente y el faro parpadea
No lo enciende nadie, estamos solas y
no hemos sido capaz de dialogar después de todo
No sabía cómo empezar, no me gustan las cartas y
tengo la letra torcida desde que voy andando a tientas por
mi propia conciencia
Siempre fue así. Siempre traté de oír la aprobación y siempre
fue suficiente. Detrás de todo eso siempre había la misma tierra dura y árida
pero nunca estuve dentro
Tienes protesta en la frente
Está escondida entre carretes de fotografía
de miradas al suelo, moral, y una distancia injustificable
Eres blanca y eres verde, aspereza y tomillo
(Tienes alma de madre
No respondiste tampoco a las preguntas del futuro
ya llevabas una estrella)
martes, 24 de noviembre de 2015
Fragmentos de Miqui
Miqui suele imitar la voz de Cortázar cuando habla. Se pone sus recitales antes de dormir, mientras cena (porque no tiene televisor), mientras espera a que venga otra mujer con la que acostarse, cuando termina de trabajar y espera a Roman para hablar, como todos los días — e independientemente de que tengan cosas importantes que contarse —. No admite que admira la forma en que las voces, en este caso la de Julio Cortázar, dan vida a unas palabras que normalmente solo se desharían en hojas de papel demasiado finas para una pluma estilográfica o un rotulador; que dan vida a eso que la vida misma no puede ponerles su propia vida.
Miqui no se compadece de sí mismo cuando se da cuenta de lo que está haciendo, cuando vuelve al interior de la ducha con todos sus sentidos y se percata de que ha mojado el cigarrillo que normalmente suele fumar con cierta rapidez para no mojar y automáticamente después suele intentar ser Cortázar, en el sentido más puro que se le ocurre y comienza a pensar en bichos y en cronopios, en famas que bailan en cafés y se abrazan a los convencionalismos y siente asco porque se siente un convencionalismo en toda su esencia — si esas figuras pudieran tenerlo— y porque las palabras en su boca no suenan a música blanca. Y quisiera ser música blanca cuando recita y maldice y llora, metido en el sumidero que él mismo, sumado a años de experiencia, exilio y profunda tristeza, ha construido. Y en el que extrañamente vive ahora, y en el que es capaz de esconder también sus placeres ocultos como imitar un acento. Como imitar una vida. Y como imitar la voz de una vida.
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