Tenía 17 años la primera
vez que moví unos remos. Había estado en el barco de un amigo de mi padre, un
compañero suyo de la fábrica desde hacía 6 años, hasta que lo despidieron. Pero
solamente pescábamos merlanes y gallos. Yo tenía 8 años por entonces. Así que
nunca había arrastrado uno de esos cacharros de verdad. Nunca en mi vida. No se
si has estado en un correccional inglés alguna vez en tu vida o te lo llegas a
imaginar, pero, joder, estaban obsesionados con que hiciéramos deporte como
forma de convertirnos en hombres decentes. Imagínate, robar una barra de pan y
que te manden a galeras. Como si hubiésemos vuelto al siglo XV.
Un borstal, el
tipo de correccional que habia en los sesenta, te daba, además, la oportunidad
de compartir la experiencia revitalizadora con el resto de cárceles de menores
de la zona en competiciones deportivas. Asi que se organizaban regatas y se
invitaba a mujeres de fundaciones filantrópicas para pasar el cepillo y lucir a
sus hijas, para casarlas y demostrar que las instituciones funcionaban de
alguna manera.
─¿Ganaste alguna?
─Qué va. Nos gustaba amañar las competiciones solamente para destrozar
los sueños de los jefes y nuestros entrenadores. Pero ganamos muchas
admiradoras. Les gustan mucho los chicos malos que en realidad tienen un
interior sensible y solamente muy mala suerte.
Apretó el brazo, para
marcar músculo, bromeando. Puede que este hombre tuviese ya una edad, pero
desde luego seguía teniendo la musculatura de un culturista de 30. Compensar la
fuerza que había perdido en sus piernas estando en una silla, podía tener sus
ventajas. Estaban en la parte de atrás de su bar. Roman, el dueño, y Miguel, el
camarero. Era lunes, el bar estaba cerrado. Aunque eso no significaba que el
bar fuese a abrir al día siguiente. Roman había conseguido colocar una vieja
barca de remos en lo que anteriormente había sido un garaje, que nunca había se
había usado para tales efectos hasta ahora. Si todo iba bien, vendería el
hostal y el bar y podría establecerse en esa casa al lado del río, para navegar
con la barca. Había negociado con unos tipos la venta. Pensaban construir un
pub. Lo mismo daba. Él no quería saber nada de este negocio en su vida.
Apoyado sobre la barca
boca abajo, había conseguido una estructura de cuerdas y poleas para mantenerla
sujeta y poder lijar sobre ella. Ingeniería pura. Fumaba un cigarillo y se
rascaba la nuca, por donde acababa de cortarse el pelo con una peluquera que lo
había esquilado más que arreglarlo.
─Creo que deberías probar a hacer remo
alguna vez. Yo podría darte algunas lecciones. Coge de esa cuerda, voy a
bajarla un poco.
─¿No has vuelto a remar desde entonces? −preguntó
el camarero, volviendo al tema anterior. Tiró ligeramente de la cuerda,
colocándose el pitillo en la boca.
─Pues depende desde dónde lo mires. Desde
luego, remé como un capullo para huir de la Guerra de las Malvinas. Con
antecedentes y pobre como una rata, era un caramelito para la Thatcher. No. Yo
diría que lo más cercano que he hecho últimamente es conducir una de esas
ridículas barcas de El Retiro. Además, desde que dejé de poder usar las piernas
empecé a olvidar a saber usarlas. Ahora casi se me ha olvidado para qué
servían.
─Pero eso es bueno.
─Al principio pensé que el bastón para
coger cosas que me regalaste era una chorrada, pero me gusta el aspecto que me
da. Es lo más cerca que voy a estar en mi vida de parecerme a un lord inglés.
─Nunca me has contado qué te pasó en
realidad.
Roman vio su reflejo sobre
la mesa de herramientas. El espejo estaba sucio y una bombilla titilaba en el
techo, colgando de un cable pelado. “No se entera de la misa la mitad” ─pensaba
Roman─ “Hace mucho que no hago deporte”. Después miró a Miguel, soltando la cuerda. Este tiró más fuerte, entre
asustado y temiendo que se le cayese el cacharro encima.
─No tenses demasiado la cuerda o la
acabarás rompiendo. Y eso va también por la que estás sujetando.
─No sé hacer nudos.
─No tienes pinta de haber hecho nada en tu
vida, de todas maneras.
─Eh, tolero que me cuentes tus batallitas,
pero no que me insultes. ¿Has firmado el contrato para cerrar la venta?
─No.
Se mantuvieron en
silencio durante un rato, mientras Roman ajustaba las cuerdas elaborando un
nudo tensor. Miguel sujetaba la cuerda, erguido, con la mirada perdida, con un
cigarro en la boca. Así, de pie, se notaban más sus facciones; la espalda
ancha, la cara huesuda, los ojos azules, la coleta de pelo rubio, las patillas
anchas, la barba de tres días.
Sin embargo, no era su
postura habitual. En su lugar, solía pasar el tiempo encorvado, sin ser capaz
de mirar a los clientes a la cara, salvo que los conociera. Roman era el único
al que podía mirar fijamente, la única persona a la que sentía que le debía
algo de disciplina y educación. Más de la que había sentido con su padre.
─¿Vendrás conmigo?
─¿Te has tomado las pastillas? ─preguntó
Miki, mientras Roman ajustaba el nudo de su lado, concentrado.
Vio como este sacaba un frasquito de su
chaqueta de tweed y lo agitaba, metiéndose una en la boca.
─¿Y cómo piensas llevar la barca hasta el
río, si se puede saber?
─Alquilas una camioneta y la probamos. Y
si consigo comprarle la casa a la tipa a la que le compré la barca, puedo
mudarme antes que los tipos que quieren comprar este antro cambien de opinión.
¿Qué piensas hacer tú?
─Aún no lo sé. Llevo ahorrando mucho
tiempo para irme de aquí y empezar a ganarme la vida tocando el piano. Que es
lo único que sé hacer ─remarcó.
─ ¿Tienes un sitio donde quedarte?
─Me quedaré en la casa de una de esas
amigas rusas tuyas que me presentaste. Trabajan todo el día fuera. No les
molesta que esté trabajando en la casa, es espaciosa. Pero te llevaré el bote a
la casa, y tus cosas. Ahora firma el dichoso contrato, por el amor de Dios.
Parece mentira que no sepas cómo son los inversores.
Y no dijeron nada más.
Pasaron varios días. El bar siguió
cerrado, pero Roman empezó a recibir visitas esporádicas. Cuando no charlaba
con antiguos amigos, le gustaba trabajar tranquilo. Trabajar también implicaba hacer
sus maletas. Ya había empezado a empaquetar algunas cosas. Las paredes estaban
ahora vacías. Cajas se apilaban en su lugar en las esquinas y junto a las
puertas, llenas de trofeos de mus y de fotos con sus antiguos amigos. Además de
todas esas jarras que ahora estaban empañadas por la cal. Lo único que no había
empaquetado era su viejo tocadiscos y su música, que no escuchaba desde tiempos
en que ni siquiera vivía en España y que ahora sonaba sin parar. Duke Ellington, John Coltrane, Dave Brubeck,
Charles Mingus, eran algunos de los músicos que le llevaron a abrir su
negocio casi veinte años atrás.
Cuando había perdido todo, hasta las
piernas, había decidido usar todos los ahorros que tenía desde los 16 años y
comprar un local en el que poder escuchar su música las veinticuatro horas del
día. Donde dar conversación, servir copas, invitar a sus amigos, jugar con
ellos al Seven Up o echar un billar.
Bien era cierto que la aparición de Miguel hacía 9 años había salvado al bar de
extinguirse, consiguiendo que la gente quisiese venir por la noche a escuchar
música en directo. Y aunque no era muy comunicativo, debía ser la única persona
de su edad que no lo trataba como si fuese un niño pequeño por vivir en una
silla de ruedas.
Así, no apareció ninguno
de aquellos días, y su primera reaparición fue para recoger el dinero del
finiquito. Volvía a caminar encorvado. Antes de que pudiese decirle algo, Roman
sacó un fajo de billetes de la chaqueta de chándal. Cruzaron una mueca y Miguel
se sentó a su lado, contando los billetes.
─Ayer estuve con los inversores ─dijo al fin.
─¿Y bien?
─He cerrado el contrato y creo que he sacado un piquito de dinero.
Aproveché para ir a visitar a aquella mujer y me ha dicho que habría que hacer
algunos arreglos con la fontanería, pero que puedo ir llevando ya algunas de
mis cosas. Por cierto, ya no hace falta que me acompañes. Me he estado
organizando y puedo hacerlo solo.
Aprovecha para recoger las tuyas.
─¿Cuándo has decidido eso?
─Cuando vendí el piso. ¿Por qué? ¿Habías
alquilado ya la camioneta?
─No, no es eso. ¿Pero y quién va a
conducir el coche? Tú no puedes…
─Bienvenido al siglo XXI. Tengo la
movilidad mínima para conducir un coche adaptado. Y esa casa no tiene
escaleras. Además, tengo tu palo recoge cosas y tengo bastante fuerza como para
mover cajas.
─¿Entonces no necesitas…?
─No.
Miki suspiró y se puso en pie, cerrando el
fajo con una goma elástica. Le puso la mano en el hombro a Roman, que le miró
por encima de unas gafas redondas minúsculas, mientras se rascaba un bigote
rubio, que empezaba a tornarse gris.
─Saldremos de esta, viejo. No te
preocupes. Tú no te olvides de tomarte tus pastillas para los nervios.
─¿Y si no salimos de esta? Yo estoy
prácticamente jubilado y tú ni siquiera tienes tu propia casa.
─Pues haremos lo que hemos hecho siempre,
Roman. Vivir tirando.
Roman se apostó junto de
la barca, que ahora descansaba sobre el agua. Pintada de verde azulado, parecía
flotar sobre su propio reflejo. Suspiró despacio. El aire corría y le rascaba
en la garganta, agitándole el pelo y la chaqueta de lana, cerrada sobre el
pecho. Tenía una botella de vino sobre el regazo y miraba cómo la barca se
balanceaba como la cuna de un niño pequeño. Había algunas barcas de alquiler a
lo lejos. Llevaban parejas y padres con niños a los que hacían sentarse,
preocupados por el viento. A veces, al pasar cerca de su casa, le saludaban.
Miró su reloj de Mickey Mouse que le había
regalado Miguel por su cumpleaños y sacó el botecito de pastillas, esperando a
que sonase un pitido. Veía los minutos pasar en los números cuadrados y agitaba
el bote de pastillas, suspirando. Aún tenía que sacar todas esas cosas de las
cajas y después, ¿qué? No sabía tan siquiera reconocer cómo era la situación de
estar jubilado. No habría clientes, ni proveedores, borrachos, y menos recital
de piano. No había que cocinar, servir o charlar con nadie. No habría pianista
ni nadie a quien gritar. “Pianista”, así llamaba a Miguel cuando lo veía bufar
apoyado en la barra limpiando el mismo espacio con la bayeta, como para
recordarle que tenía trabajo que hacer.
Daba lo mismo. Por fin se
iba a dedicar a algo que quería hacer. Era su momento. También el de Roman, de
descansar. Ahora no tenía hijos, ni mujer, ni familia. Ninguna forma de volver
a casa. Solamente una barca en la que remar, una casa en el río y la silla de
ruedas. La alarma del reloj pitó, marcando la hora de tomar la pastilla.
Apretó el botecito en su
mano y lo lanzó como si fuera una piedra al agua. Este rebotó varias veces
antes de hundirse en las profundidades del río.
Relato presentado en Concurso x la justicia. Febrero 2019